Y no va de cuento (relato en Moradillo del Castillo)


<a href="http://www.safecreative.org/work/1101238320270" xmlns:cc="http://creativecommons.org/ns#" rel="cc:license"><img src="http://resources.safecreative.org/work/1101238320270/label/standard2-72" style="border:0;" alt="Safe Creative #1101238320270"/></a>

Fuente Moradillo del Castillo

Mientras, vivimos el momento presente. Siempre hay un antes y un después; del pasado podemos hablar, del presente decimos que se nos escapa y del futuro, no podemos hablar con fiabilidad; así que hablaremos del pasado.

Pasado tienen las personas, los pueblos, los ríos, los montes, etc.

Pasado tienen todos los pueblos del Rudrón: Moradillo, Santa Coloma, Bañuelos, Tablada… y un denominador común, el Río Rudrón, que les riega y une.

Pasado tiene Moradillo del Castillo, que no tiene castillo.

Pasado tiene Moradillo con sus huertas cercadas y regadas con el agua del páramo que al Rudrón irán a parar.

Pasado tienen sus cerezas, manzanos, perales, avellanos y nogales.

Pasado tienen Rufi y Rafi, hijos del herrador, que no herrero, oficios que había en el pueblo cuando sucedía lo que voy a contar.

Domingo Díez, “Mingo”, era el que tenía arte, artesano le llamaríamos hoy, en el pasado herrador.

En  Moradillo no había mucha gente, 42 vecinos, o sea, 173 personas, y con tiña, por aquello que dice: ”si la envidia fuera tiña, cuanto tiñoso habría”.

Sí, así era, la envidia se paseaba por las calles del pueblo; pero esto pasó hace muchos años.

A “Mingo” que era el herrador como dicho queda, le sobraban muchas horas que las ocupaba en trabajar en dos huertas  que tenía y ajustándose como jornalero por horas, para los que se consideraban ricos y no querían trabajar.

El monte en aquel tiempo era de todos y todos le cuidaban.

No había incendios, ni talas indiscriminadas de árboles.

Mingo tenía dos hijos, Rufi y Rafi, que según decía su padre estaban hechos de “rabos de lagartijas”, queriendo significar que eran muy movidos, muy “trastos”.

Aquel año habían hecho la primera comunión, acontecimiento señalado en la corta y aburrida vida de estos dos chavales.

Al terminar la escuela, los días que la había, tenían que buscar algo con lo que entretenerse, dependiendo siempre del tiempo que hacía: buscar nidos, coger cangrejos, soltar los conejos de la conejera de la señora Hume, comer algún huevo crudo de las gallinas de otros, pescar alguna trucha, escaparse hasta el pueblo de al lado, que lo tenían prohibido, etc.

Aquel día que era jueves, hacía bueno, se le ocurrió por primera vez hacer algo nuevo y hacerlo bien.

El Sr. Cura tenía su huerto, al abrigo de una roca con profundas oquedades y en una de ellas había puesto una hornillera con 12 dujos. Siempre tenía miel y la cera le servía para hacer las velas que alumbrarían la iglesia.

Rufi y Rafi cogieron de su casa una telega, similar a los canastos, y el pujabante, herramienta especifica  de los herradores, una cizalla para cortar alguna chapa si hacía falta, el fuelle para echar fuera del dujo a las abejas, un candil por si se hacía tarde y no veían.

Todo lo tenía preparado y lo harían como lo había visto hacer a los onces señores que tenían “pies vivos”, colmenas. No tardaron mucho en comenzar la faena. Esperaría a que el Sr. Cura se fuera a casa del Sr. Benito, el rico del pueblo, a echar la partida de cartas y empezarían a trabajar.

No había nadie en la calleja. Era el momento oportuno, pero el primer obstáculo que encontraron no fue fácil salvarlo. La “talega” era casi tan alta como ellos.

Pasarla al otro lado de la tapia sin tirar ninguna piedra, era un casi milagro, pero lo consiguieron.

Y en llegando a este punto será mejor escuchar a los dos muchachos para enterarnos de los que hacen y dicen.

-Rafi, ¿has traído las cerillas?

-No me has dicho nada. Voy en un momento a por ellas.

En su apresuramiento, al saltar la tapia se cayeron unas piedras y el perro de Nemesio dio la voz de alerta. Rufi tuvo que dar un rodeo para llegar a su casa. Su madre estaba recogiendo  las gallinas y su padre no había vuelto de podar unos árboles de Dionisio. Cogió las cerillas y como alma que lleva el diablo apareció ante Rafi que no había perdido el tiempo. Había elegido el dujo que mejor le pareció. Era grande y estaba a su altura.

-¿por dónde empezamos?

– Coge la cizalla y corta esas chapas que sostienen la tapa.

– ¡Qué fácil te parece! ¡Hazlo tú!

– No grites que nos pueden oír (las abejas ya estaban en marcha).

-….. ¡Ya estás!  Eres un inútil.

– Si, si, mira cómo salen las abejas. ¡Ya me han picado!

– A mí también, pero me aguanto. ¡Bájate las mangas!

– Si, si… ¿para qué? Si me han picado en la oreja.

– Deja de quejarte, quejique, ¡Ay, me ha picado una en el ojo!

– Yo me voy a casa.

– Para eso hemos venido. Date prisa y enciende el candil, coge unas hierbas medio secas a ver si así con el humo se largan las abejas.

– Ya está. Me están acribillando por todos los sitios.

– Y a mí. ¡Date prisa! Coge el pujabante y saca algún panal.

– No puedo. Tengo las manos abotagadas. No siento nada.

– Ya sabía yo lo que iba a pasar. Mira como tengo la cara y no me marcho hasta que coja algún panal.

-: Tú haces lo que quieras. Yo me voy.

– Acércame la talega que este panal no se me escapa.

– Toma y déjalo que no te va a conocer ni tu madre.

-Coge las herramientas y a casa corriendo, las dejas y el panal en la talega.

¿Qué pasó luego, en casa? Todos nos lo podemos imaginar.

¿Qué pasó luego, en la escuela, cuando fue el Sr. Cura y habó con el maestro?

Todos nos lo podemos imaginar.

Llamaron al médico. No podía creer lo que veía. Eran dos monstruos silenciosos, ni una lágrima, ni un quejido, ni un sollozo.

Rafi y Rufi, monta tanto, les sonaban en su mollera una y otra vez aquellas frases que los más doctos del pueblo les habían dicho y repetido, mientras su deformidad continuaba.

-Más vale que digan de aquí huyó, que aquí murió.

-La avaricia rompe el saco.

-Sarna con gusto no pica.

-No está hecha la miel para la boca del asno, etc., etc., etc.

No sé lo que sería de Rafael y Rufino, pero la miel se la dejarían siempre a las que la fabricaban. Así que este relato termina como comencé y  es lo que decían Rafi y Rafa: Lo pasado, pasado.

Llegarían a ser dos grandes apicultores. Por A.C.Q.

Anuncios

Un pensamiento en “Y no va de cuento (relato en Moradillo del Castillo)

  1. Pingback: Tradición apícola en Moradillo del Castillo (Valle del Rudrón) « Mieles del Rudron's Blog

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s